Que ha llegado a su mayor crecimiento, a cierto grado de perfección, cultivado, experimentado… Eso dice el diccionario cuando buscamos el significado de la palabra adulto. Y pensar que en la práctica solemos relacionarlo con aquel que se ha olvidado de jugar. ¿Es curioso no?
Se había olvidado el sonido del mar y el frío invierno se lo recordaba, un bloque de hielo frente a su ventana, que no se movía, que ante sus ojos no tenía vida. Ni siquiera las aves le respondían con una señal. Sin música era la nada, era un enorme vacío. El viento soplaba, pero no lo empujaba, estaba rígido en esa estación. Y no había indicios de gotas de agua en el manantial, de aroma primaveral.
En sus venas había agua estancada, que no podía llegar al mar, a ese mar que le hablaba pero que no lo escuchaba, que iba perdiendo la fuerza, que iba perdiendo el latido. Anochecía pero no amanecía, y lo decían sus ojos que ya no ardían, esos que nunca mentían. Permanecía ocupado en lo banal, en aquello que no era real. Había dejado de rolar y ya nada lo sorprendía, ya nada lo conmovía, era como si dormía.
Se había olvidado, se había encerrado, y lo más alarmante era que se empezaba a conformar con esa vida. Esa vida que lo nublaba, que lo apagaba, que lo alejaba de su ecosistema y en la oscuridad lo marchitaba.